Producir XXI, diciembre 2025
El mundo del ajedrez ha encontrado a su nuevo Mozart:
Faustino Oro logra su primera norma de gran maestro con tan solo 11 años
Faustino Oro, niño argentino de once años, acaba de lograr su primera norma de Gran Maestro. Le bastaron siete partidas de nueve para obtener los seis puntos necesarios.
FOTO: Faustino Oro en Madrid (Raúl Martínez)
¿Cómo se explica que un niño tan joven alcance un nivel que solo una élite logra?
Anders Ericsson estudió este misterio durante décadas e intentó convertir la intuición en ciencia, observando prodigios. Concluyó que lo excepcional no surge de un don inexplicable, sino del modo en que se ejercita ese don, superando el “umbral OK”, donde lo que hacemos es aceptable pero no nos exige. Permanecer ahí resulta reconfortante, pero no genera aprendizaje. La clave es salir de ese umbral, forzar los límites. Esto caracteriza a los prodigios: tienen facilidad y encuentran placer en habitar esa zona incómoda donde el esfuerzo es máximo. Así se explica lo que parece imposible.
Tienen una virtud inicial —facilidad especial para el dibujo, música o ajedrez— pero lo decisivo es que esa virtud se convierte en pasión. Esa pasión los arrastra a pasar horas en la práctica deliberada, donde otros apenas resisten minutos. Se crea un círculo virtuoso: la virtud alimenta la pasión, la pasión multiplica la virtud, y la rueda gira cada vez más rápido. Magnus Carlsen, campeón del mundo y posiblemente el mejor jugador de la historia, dice que es tan bueno porque ama el juego incondicionalmente. No juega por presión ni por vencer, sino porque el ajedrez es su forma natural de estar en el mundo.
En tiempos oscuros y de cierta incertidumbre, nos aferramos con esperanza a los prodigios, pues son ejemplos de talento, trabajo, disciplina y esfuerzo. Pero también aparece la mezquindad. Frente a lo sorprendente y lo increíblemente inusual como el brillo de Faustino, una tribu de conspiracionistas emerge. A todos los genios les pasa: son admirados, a veces incomprendidos y se les pide lo imposible. Nadie exigiría a otro, y mucho menos a un niño de once años, que salve al mundo o a una patria. Hay que recordar que Faustino solo es un niño que juega ajedrez extraordinariamente bien. Su misión no es salvar, sino disfrutar, inventar, iluminar. Nuestra tarea es dejarlos vivir su don en tranquilidad, disfrutar y mirarlos con respeto y gratitud.
En estos días en Madrid se organizó un torneo, Leyendas contra Prodigios, para repensar la pregunta sobre el origen del talento: ¿los prodigios nacen o se hacen? Este debate cruza el deporte, la música y el arte. Esta rara aparición de genios precoces nos recuerda a Mozart, Nadia Comăneci o Messi en sus inicios. El ajedrez permite que un niño juegue igual a igual con una leyenda que lleva medio siglo en la élite, como Viktor Korchnoi que jugó a su máximo nivel más allá de los 70 años o Mijaíl Tal, que enfermo y débil ganó a Garry Kasparov. Este torneo abre un “experimento natural” para observar la interacción entre generaciones de distintos tiempos y estilos.
Mariano Sigman, físico y neurocientífico, junto a David Martínez, ajedrecista y entrenador, firman este texto fascinante que ilumina cómo la pasión y el trabajo pueden convertir un don en un talento excepcional. Faustino Oro ilustra con su ejemplo el poder de amar incondicionalmente lo que uno hace, superando limites, y cómo ese amor crea la rueda virtuosa del genio.
