Producir XXI, julio 2026

Comer para vivir:

Cómo las elecciones en el plato frenan las enfermedades crónicas

Lic. Josefina Marcenaro

Licenciada en Nutrición

jmarcenaro@hotmail.com

IG: @josefinamarcenaronutricion

 Al mirar alrededor, es imposible no notar que algo está fallando en nuestra manera de vivir. La obesidad, la diabetes tipo 2 y la hipertensión ya no son excepciones; se convirtieron en condiciones comunes que casi todos vemos en amigos, familiares o en nosotros mismos.

 Durante años nos dijeron que el problema era simplemente un balance matemático: que comíamos mucho y nos movíamos poco. Pero hoy sabemos que la historia es mucho más profunda. No se trata sólo de contar calorías, sino de entender qué le pasa a nuestro cuerpo con lo que decidimos poner en el plato cada día.

 

El exceso de peso, el azúcar alto en sangre y la presión elevada, no caminan solas; van de la mano. El exceso de grasa acumulada, sobre todo a nivel abdominal, genera un estado de alarma constante en el organismo: una inflamación silenciosa que interfiere con el trabajo de la insulina. Cuando la insulina no puede hacer bien su trabajo, el azúcar sube, los vasos sanguíneos se vuelven más rígidos y la presión aumenta. Es un círculo que se alimenta, en gran medida, de una góndola llena de productos ultraprocesados: paquetes que abrimos con facilidad, pero que vienen cargados de azúcares ocultos, sodio en exceso y grasas de mala calidad.

Volver a la comida real y cuidar el intestino.

La herramienta más poderosa que tenemos para romper este circuito no está en una farmacia, sino en el mercado. Consiste en volver a mirar la comida de verdad. Cuando nuestra base alimentaria recupera las verduras, las frutas, las legumbres y los granos enteros, pasa algo maravilloso en el cuerpo: aportamos fibra.

 

La fibra no es solo algo que ayuda a la digestión; es el alimento exclusivo de nuestra microbiota intestinal. Al nutrir a nuestras bacterias buenas, ellas producen compuestos que viajan por el cuerpo desinflamando tejidos, mejorando la respuesta a la insulina y enviando señales al cerebro que nos ayudan a regular el hambre de forma natural.

 

Dentro de una alimentación equilibrada, el consumo de lácteos aporta beneficios concretos respaldados por la evidencia:

  • Ayuda a regular la presión arterial:
  • Ayuda a controlar los niveles de azúcar en sangre y da más saciedad
  • Ayuda a desinflamar el organismo a través del intestino

 

El cambio empieza en los hábitos, no en las restricciones

Prevenir o revertir el avance de estas enfermedades no se logra con dietas imposibles que duran dos semanas y nos llenan de frustración. El verdadero cambio es educativo. Se trata de aprender a elegir, de recuperar el hábito de cocinar un poco más, de mirar las etiquetas con criterio y de entender que comer sano no es aburrido ni prohibitivo. Cada comida es, en realidad, una oportunidad concreta que tenemos para cuidar nuestra salud y mejorar nuestra calidad de vida.

Prevenir la obesidad, la diabetes y la hipertensión no es cuestión de magia, sino de constancia. Y en esa constancia, los alimentos frescos, mínimamente procesados y de calidad indiscutible son los verdaderos protagonistas.

 

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