Del marketing a la salud:

Se recuperan $3 por cada $1 invertido en el silaje

Una mirada como nutricionista argentina sobre el cambio de la pirámide de EE. UU.

Lic. Josefina Marcenaro

Licenciada en Nutrición

jmarcenaro@hotmail.com

IG: @josefinamarcenaronutricion

Durante décadas aceptamos una iconografía que hoy sabemos que fue, en gran parte, responsable de una epidemia de enfermedades metabólicas. La famosa pirámide alimentaria de los Estados Unidos de 1992 fue nuestro norte global, pero hoy esa estructura se ha desmoronado para dar paso a un concepto que en Argentina venimos militando hace tiempo: la soberanía de la comida real.          

El derrumbe de un mito: El fin de la base de harinas

La pirámide original de 1992 tenía un error de base estructural y conceptual. Ubicar los panes, cereales y pastas refinadas en el escalón más importante (sugiriendo de 6 a 11 porciones diarias) fue el combustible para la resistencia a la insulina y la inflamación crónica.

 

De la Pirámide al «Plato»: Un intento de simplicidad que confunde

En 2011, Estados Unidos jubiló la pirámide por el modelo MyPlate. Si bien fue un avance hacia la «comida real» al darle el 50% del espacio a frutas y vegetales, como profesional argentina noto que la gráfica es demasiado abstracta.

¿Dónde están las grasas? Al querer simplificar tanto, eliminaron visualmente las grasas saludables. El aceite de oliva, la palta o los frutos secos —pilares de una alimentación antiinflamatoria— quedaron en el «limbo».

El término «Proteína»: Es una categoría técnica, no un alimento. Al poner «Proteína» en un cuadrante, el paciente muchas veces no sabe si un bife es igual a un ultraprocesado de soja o a una legumbre. Se pierde la educación sobre la calidad de la fuente.

 

La «Pirámide Inversa»: El giro de 180° que necesitábamos

Ante la confusión del plato, surgió en los círculos académicos de EE. UU. (como Harvard y la Medicina de Estilo de Vida) el concepto de la Pirámide Inversa o Invertida. Este modelo es una «revancha» de la fisiología sobre el marketing.

 

En esta nueva estructura, la jerarquía se da vuelta:

  • La base ancha: Son los vegetales, las frutas, las legumbres y las grasas de buena calidad. Es el cimiento de la densidad nutricional.
  • El vértice estrecho: Es para los cereales refinados y azúcares. Lo que antes era la base, ahora es lo que «menos espacio» debe ocupar en nuestra biología.

 

Este modelo avala lo que siempre debió ser: comer lo que nace de la tierra, mínimamente procesado.

 

La mirada local: Lo que el «Óvalo» argentino ya sabía

Es curioso ver cómo EE. UU. intenta “invertir” su pirámide para llegar a una conclusión que en Argentina ya buscábamos expresar con nuestra Gráfica de la Alimentación Diaria.

 

 

Nuestro modelo circular tiene ventajas pedagógicas claras: el agua en el centro como eje biológico —no los lácteos—; la inclusión de actividad física y reducción de sodio; y un lugar visible para aceites y semillas, reconociendo que la grasa de calidad es necesaria.

 

Muchos profesionales creemos que las guías estadounidenses, al querer ser “para todos”, pierden jerarquía y frecuencia. No alcanza con decir “comé proteína y vegetales”: hay que enseñar prioridades. La pirámide inversa acierta al relegar ultraprocesados, pero el desafío sigue siendo traducir el dibujo en hábitos.

 

En el consultorio suelo reforzar tres ideas: la regla del “ingrediente único” (base vs. vértice), el color como brújula (el blanco es acento, no base) y hablar de grasas con identidad (oliva, nuez, pescado).

En definitiva, el cambio en EE. UU. reivindica la comida real, pero el diseño argentino continúa siendo un mapa más completo. El verdadero desafío es enseñar soberanía alimentaria frente al imperio del paquete y la etiqueta.

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